Como era una minina sin cultura,
atigrada y gris como cualquiera,
se privó de conocerla el mundo,
de oírla maullar en un reality
y admirar su foto en las revistas.
Como no tenía padres acicalados
ni podía presumir alguna raza,
nunca recorrió las pasarelas,
jamás conoció la alta cocina
ni se casó con una bestia célebre.
Rompió corazones, eso sí,
en los tejados más selectos de la Juárez,
en la esquina de Lardizábal con Reforma,
y más de tres perdieron la vida
seguros del instinto de su amor.
Había algo de grandioso en su cadencia
y aunque nadie le midió las patas,
ni le cortó el pelo según estándares,
ni se supo cuántos centímetros alzaba
los cuartos traseros sobre el suelo,
tenía los rasgos perfectos:
expresivas orejas pecioladas,
esbelto cuerpo de acróbata
y en las pupilas –diseño de la noche–
una sonriente lejanía de supernova.
y esa gata es feliz o triste?
ResponderEliminaro quien la describe está no feliz?
-disculpa el atrevimiento-
hasta ¿luego?
Colega
Yo diría que la gata era felizmente melancólica. Y quien la describe también al recordarla.
ResponderEliminarmmm... creo que recuerdo a la gata... :(
ResponderEliminarQue trist...
Oye, sí, tú sí conociste a la felina que inspiró el poema. Tienes razón. Saludos.
ResponderEliminarE.P.